En mi anterior colaboración (Primera parte) hice una reseña sobre los aspectos técnicos de las misiones Voyager que en estos momentos van abandonando nuestro sistema solar a una velocidad de 61,000 kilómetros por hora; menciono lo anterior en el caso de que desearan profundizar en las mismas. En esta segunda parte, analizaremos exclusivamente la música contenida en los discos dorados adheridos como mensajes hacia las estrella de estas dos sondas interestelares.

Si elegir los diez discos que llevarías contigo a una isla desierta se antoja algo complejo y motivo de acalorados debates, no digamos lo que implica seleccionar la música que represente a nuestro planeta sonoro para oídos alienígenas. Tal fue el desafío que Carl Sagan y su equipo afrontaron a mediados de los años 70. La NASA había aceptado su propuesta de colocar dicha selección a bordo de las sondas espaciales Voyager, cuyo despegue estaba previsto para septiembre de 1977.

Muchas canciones a lo largo de la historia han alcanzado notoriedad mundial. Ya sea por su complejidad, atractivo universal o pura popularidad, algunas pistas son conocidas desde Tokio hasta Tombuctú. Sin embargo, sólo unas pocas han trascendido la Tierra para hacerse merecedoras de ser enviadas como muestra representativa de nuestro arte en toda la galaxia. Los Discos Dorados de la Voyager, que son discos fonográficos que contienen pistas destinadas a resumir la diversidad de la vida en el planeta Tierra y contienen una mezcla de saludos, sonidos, música clásica y también algunos éxitos pop y tradicionales.

Estos discos generalmente llegaron junto a varias suposiciones, siendo la principal que las formas de vida alienígenas inteligentes tendrían la tecnología y los materiales necesarios para reproducir un disco fonográfico de surcos (LP); Quién sabe, tal vez los extraterrestres ya estaban con la tecnología BluRay o el streaming en 1977 cuando se lanzaron estas naves. Afortunadamente, los científicos de la NASA pensaron en esto e incluyeron una aguja dentro de la cubierta del disco, un cartucho para hacerlo girar a 16 Revoluciones Por Minuto (RPM), así como un diagrama visual de cómo reproducir un LP. Problema resuelto.

No se sabe si estos discos alguna vez se reproducirán o incluso serán recibidos por alguna civilización extraterrestre. A principios de este 2024, la NASA confirmó que las sondas Voyager están experimentando algunas dificultades técnicas que le impiden transmitir todos los datos de regreso a la Tierra, aunque asombrosamente continúan operativas, pero su destino y el de los Discos Dorados permanecerán desconocidos para nosotros.

 

ELECCIÓN DE LA MÚSICA

Cuando Carl Sagan obtuvo la aprobación de la NASA para enviar los mensajes y música en los discos dorados, su primera elección e idea para ser enviada como representante de la música de la especie humana fue la canción de The Beatles Here comes the Sun, lo cual tiene sentido dado que los Fab Four eran un fenómeno mundial, incluso se puso en contacto con George Harrison autor de la canción que estuvo de acuerdo con la idea, desgraciadamente, a pesar de la disposición para participar, EMI tenía los derechos de autor de la canción y se negaron a permitir que la NASA la utilizara.

Una vez que Sagan y su equipo se estamparon contra la realidad de que la música como arte tiene “propietario”, se dispusieron a realizar una selección mas meditada y que pudiera abarcar todos los confines del globo terráqueo. De acuerdo con lo anterior, el equipo Voyager estableció dos criterios para esto. Primero, deberían incluirse muestras de un amplio grupo de culturas, y no solamente la música familiar a la sociedad que lanzaba la nave. En segundo lugar, no había que incluir nada por motivos de pura obligación; cada selección tenía que conmover tanto al cerebro como al corazón. El musicólogo Robert Brown escribió al principio del proyecto: “¿Si no enviamos cosas que nos emocionen profundamente? ¿Vale la pena enviar algo?”

La decepción que el equipo Voyager sintió por la música excluida por los derechos de autor, quedó compensada por la euforia que les produjo la música de la selección final; para ellos, seleccionar música de todo el mundo era convertir en realidad el sueño de la trascendencia casi eterna. Otro acierto fue la decisión de grabar el disco a 16 RPM en vez de las 33 1/3 RPM que es el estándar del LP, con esto se consiguió triplicar la cantidad de tiempo disponible para la música. Una vez terminadas de fabricar las matrices, un ingeniero de sonido grabó a mano, en el espacio entre los surcos de salida (zona muerta del LP) cerca del centro junto a la etiqueta, una dedicatoria escrita: “DEDICADO A TODOS LOS QUE HACEN LA MÚSICA EN TODOS LOS MUNDOS Y EN TODOS LOS TIEMPOS”.

La música seleccionada para ir dentro de las Voyager resultaría escaza para todo lo que ofrece la humanidad entera, sin embargo, representa los sentimientos y gustos de todo un planeta. Refiriéndonos por ejemplo a Perú, la Casa de la Cultura de Lima facilitó melodías de zampoña y tambores, un orgullo incluso para todo Sudamérica, mientras que el compositor estadounidense John Cohen hizo lo propio con Canción de boda. También suenan instrumentos como la flauta de pan, ícono de la música en pueblos del Pacífico; la voz humana la ponen los indios navajos en Canto nocturno junto con sus sonajeros de calabaza, al igual que el canto coral georgiano llamado Tchakrulo.

 

Para México resultó un verdadero orgullo él se considerara su música como un digno representante de la especie humana con “El cascabel” de Lorenzo Barcelata, que en estos momentos ya va viajando rumbo hacia las estrellas. Esta ejecución a ritmo trepidante del huapango mexicano es interpretada por el propio Lorenzo Barcelata y su grupo musical. El mismo Sagan expresó sobre El Cascabel: “El Cascabel es intenso. La orquesta mariachi de Barcelata, a pesar de su impresionante tamaño y de la cantidad de tonos, parece tan ágil como un banco de peces voladores”.

No podían faltar las creaciones legendarias de Ludwig van Beethoven, como la Quinta sinfonía o la Cavatina del Cuarteto de cuerdas número 13 en si bemol mayor. Hay tres piezas del genio Johann Sebastian Bach: El segundo Concierto de Brandenburgo en fa mayor, Gavotte en rondeaux y El clavecín bien temperado. Todo ello contribuyó a que Alemania sea el país que más participó en el total de la entrega. Estados Unidos ocupa la segunda plaza.

El legendario Chuck Berry fue incluido en los discos dorados con su inmortal Johnny B. Goode. Cuando el artista cumplió 60 años de edad. Carl Sagan le envió una carta diciéndole : “Cuando dicen que tu música vivirá para siempre puedes pensar que, normalmente, están exagerando”, dice la carta. “Pero Johnny B. Goode está en el disco de la Voyager y va ahora a 2000 millones de millas de la Tierra y con destino a las estrellas. Este disco durará mil millones de años o más”. La carta se despedía con una mítica frase de la canción: “Go, Johnny, go (vamos, Johnny, vamos)”.

Al respecto de esto último, un año después de lanzar las naves Voyager, el programa estadounidense Saturday Night Live emitió un sketch en el que bromeaban con que una civilización extraterrestre había encontrado el disco dorado de la sonda, y habían contestado con un mensaje de solo cuatro palabras: “Envién más de Chuck Berry”.

Es así, como a bordo de los Voyager viajan ahora hacia las estrellas ochenta y siete minutos y medio de música, como si se tratara de un pago simbólico por la deuda de la inspiración de los genios musicales de todos los tiempos. La Selección de la música contenida en los discos dorados de los Voyager quedo como se enlista en el orden a continuación:

1.- Bach, Concierto de Brandeburgo número dos en fa, primer movimiento.
2.- Java, gamelán de corte. Tipos de flores.
4.- Zaire, Canción de iniciación de las niñas pigmeas.
5.- Australia, Canciones aborígenes. La estrella de la mañana y El pájaro diablo.
6.- México, El cascabel, interpretada por Lorenzo Barcelata.
7.- Estados Unidos, Johnny B. Goode, escrita e interpretada por Chuck Berry.
8.- Nueva Guinea, canción de la casa de los hombres.
9.- Japón, shakuhachi. Grullas en su nido.
10.- Bach, Gavotte en rondeaux de la partita n.° 3 en mi mayor para violín.
11.- Mozart, La flauta mágica, aria “Reina de la Noche”, n.° 14.
12.- Georgia, RSS, coro, Tchakrulo.
13.- Perú, flautas y tambores.
14.- Melancholy Blues, interpretado por Louis Armstrong.
15.- Azerbaidjan R.S.S., gaitas.
16-. Stravinski, Consagración de la primavera, Danza del Sacrificio.
17.- Bach, El clavecín bien templado. Libro 2, Preludio y Fuga en do, n.° 1.
18.- Beethoven, Quinta Sinfonía, primer movimiento.
19.- Bulgaria, Izlel je Delyo Hagdutin.
20.- Indios Navajos, Canto de la Noche.
21.- Holborne, Paueans, Galliards, Almains and Other Short Aeirs, ”The Fairie Round”.
22.- Islas Salomón, flautas.
23.- Perú, canción de boda.
24.- China, qin, La corriente de los arroyos.
25.- India, raga, Jaat Kahan Ho.
26.- Dark Was the Night.
27.- Beethoven, Cuarteto para Cuerda n.° 13 en si bemol. Opus 130, Cavatina

 

Muchas veces me pregunto si entre las estrellas habrá otras naves espaciales a la deriva con artefactos a bordo, productos de otras civilizaciones. Sería bastante sorprendente (casi imposible), que dentro de diez mil o quince mil millones de años fuéramos nosotros las únicas criaturas en la historia de nuestra galaxia que hubiesen lanzado a las estrellas naves espaciales. En cualquier caso es reconfortante pensar que nuestro planeta fue el único o que fue uno de los pocos planetas que decidió enviar música como un saludo sideral.

No sabemos si nuestra música significará algo para las mentes no humanas de otros planetas. Pero cualquier ser que se encuentre con los Voyager y que reconozca el disco como un artefacto reproducible, podrá estar seguro de que fue enviado sin la esperanza de que regresara a su lugar de origen. Puede que este gesto hable más claramente que la música misma. Nosotros los humanos quisimos externar con estos mensajes que por primitivos que parezcamos, por rudimentaria que sean estas naves espaciales, sabíamos lo suficiente para considerarnos ciudadanos del cosmos y en tiempos futuros, cuando hayamos ya perecido o hayamos cambiado tanto que resultemos irreconocibles, habremos dejado constancia de ser inquilinos en esta mansión de estrellas y que tuvimos en mente la existencia de “nuestros vecinos” interestelares, sean quienes sean los que pudieran encontrar esta “botella con corcho” lanzada a través del “océano” cósmico.

Durante años busqué conseguir alguna grabación con el contenido de los Discos Dorados de los Voyager, me costó un poco de tiempo lograrlo, pero por fin lo encontré y valió la pena. Tenía mucha curiosidad de escuchar qué es lo que se seleccionó y que era lo que querían que escucharan los seres del espacio sobre la Tierra, sobre nosotros… qué oirían y qué podrían pensar los seres de otros mundos al escuchar los sonidos, ruidos y música de nuestro planeta. Qué podría imaginarse un ser que jamás ha visto a un simio o a un grillo al escucharlos sin saber qué son, qué forma tienen, que existen seres tan curiosos en otros mundos.

 

Qué extraño y fascinante podría ser para ellos. Cerré los ojos y me puse a escuchar las grabaciones, desde los saludos en todos los idiomas. Me fascinó como el lenguaje es tan vasto, cada idioma es hermoso. Muchos para mí bien podrían ser casi todas lenguas de otros mundos. Sonreí al entender dos o tres de ellos, luego vinieron los sonidos de la naturaleza y por momentos me dio miedo o me pareció chistoso. Y me imaginé cosas, otras formas, monstruos horribles. Vino al final con gran emoción, la selección de la “música del planeta tierra”. Me deleité con lo que los genios musicales han hecho a través de los siglos y me puse a escucharlo sintiéndome como si yo no fuera de este mundo. Creo es la única forma de escucharlo para disfrutarlo. Tal vez como dice Sagan, aunque me cueste trabajo aceptarlo, nosotros seamos los únicos oyentes de esta joya, un disco intenso, interesante y hermoso.

Han pasado casi 50 años desde el lanzamiento de las sondas Voyager. La sonda Voyager 1, como su hermana, seguirá operativa hasta 2026, o quizá un poco más. Después, cuando agoten ya pronto sus baterías atómicas, las sondas Voyager se convertirán en objetos silenciosos. Es posible que su destino sea, simplemente, orbitar alrededor de la Vía Láctea, una y otra vez (una vuelta cada 225 millones de años). Si la especie humana se extingue y no llegamos nunca a abandonar el Sistema Solar, estas naves llevarán una pequeña historia de quienes fuimos, dónde vivíamos, que arte disfrutábamos. Son nuestro álbum de recuerdos más allá de los lugares que todavía no podemos explorar.

Como reflexión final, diré que los Voyager y sus discos dorados, son un recordatorio de que, cuando nos lo proponemos, el ser humano también es capaz de dar lo mejor de sí mismos. No solo estamos capacitados para lo peor y la autodestrucción, como podría parecer en tiempos recientes. Las sondas Voyager han abandonado ya el Sistema Solar, pero con ellas se marcha, también, una pequeña demostración de lo que somos capaces de hacer cuando trabajamos juntos y en paz como sociedad.

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