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Septiembre es el mes de la Patria en México y es una buena oportunidad para escuchar y redescubrir la música sinfónica mexicana como esta gran obra injustamente olvidada en la actualidad de este genio de la música de nuestro país como es Silvestre Revueltas, por quien siempre he sentido una gran simpatía musical.

Revueltas nació en 1899 en Santiago Papasquiaro, Durango y formó parte de una sobresaliente familia de artistas mexicanos. Fue el mayor de cuatro hermanos que cultivaron diferentes disciplinas artísticas (José fue escritor; Fermín, pintor, y Rosaura, bailarina y actriz). Inició sus estudios musicales a los 8 años en Colima, y prosiguió en el Instituto Juárez de la ciudad de Durango (1911); luego fue al Conservatorio Nacional (1913-1916) para viajar luego en 1917 a Estados Unidos para perfeccionar sus estudios de violín. al Chicago Musical College (1918 y 1922).

Formado ya como violinista y director de orquesta, organizó conjuntamente con Carlos Chávez, de quien fue director asistente entre 1929 y 1935 en la Orquesta Sinfónica de México, un ciclo de conciertos para dar a conocer composiciones de sus contemporáneos, después se desempeñó como violinista y director en varias orquestas del sur de Estados Unidos, impartió la cátedra de composición en el Conservatorio Nacional (1929) y fungió como secretario general de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) y finalmente en 1937 marchó a España, y participó de manera activa en la guerra civil a favor del bando republicano.

De regreso a México compuso numerosas piezas sinfónicas y continuó desarrollando su labor docente. El devenir de la Guerra Civil, sin embargo, le había sumido en una profunda melancolía que no hizo sino aumentar una destructiva adicción al alcohol lo que lo llevo al final de su vida en 1940 por complicaciones de ese alcoholismo crónico, por lo que nunca alcanzó en vida la celebridad como autor que ahora tiene. La última década de su vida combino con intensidad las actividades de compositor, maestro y director de orquesta en la Ciudad de México.

Silvestre Revueltas formó parte de un grupo autores nacionalistas que buscaba la renovación de las formas recuperando los valores de la música indígena y el pasado prehispánico, acercándose al mismo tiempo a los lenguajes de la vanguardia europea para, a partir de ésta, obtener una auténtica expresión nacional. El más influyente fue sin duda Carlos Chávez, que agrupó a su alrededor a un buen número de seguidores.

 

En el marco de esta corriente nacionalista, la música sinfónica y vital de Revueltas ofrece novedades en todos los sentidos. Revueltas aprovechó todos los recursos instrumentales, dio a las cuerdas papeles percutivos y a los metales un énfasis melódico que recuerda el sonido de las bandas pueblerinas. En cuanto a la estructura de sus obras, las armonías son disonantes y los contrapuntos chocan rítmicamente.

Su extensa e importante creación comprende obras de concierto, ballets, canciones, composiciones teatrales y bandas sonoras para cine: Cuauhnáhuac (1930), Esquinas (1930), Dúo para pato y canario (1931), Redes (1934), Vámonos con Pancho Villa (1935), Homenaje a García Lorca (1936), El renacuajo pescador (1936) y La coronela (1940). Estas son sólo algunas de las composiciones de este destacado exponente de la música nacionalista en México. La excelencia de la producción rebasa toda frontera local y temporal, y cautiva por su alta calidad y fuerza musical a un número cada vez más considerable de músicos, críticos y aficionados.

Sin duda Sensemayá es su obra más conocida que atrajo la atención internacional hacia Revueltas. Una grabación de la obra realizada en 1947 fomentó que las audiencias fuera de México empezaran a tener una idea de la música de Revueltas. Sensemayá es un poema sinfónico breve que con sus ritmos complejos y sus disonancias nos deja atónitos, la intensidad que demuestra en esta obra es espectacular. El poeta cubano Nicolás Guillén publicó el poema Sensemayá (canto para matar a una culebra) en 1934 dentro de su poemario West Indies.

Silvestre Revueltas conoció el texto al escucharlo de la voz del propio poeta y quedó cautivado por su ritmo hipnótico y su estribillo (Mayombé-bombé-mayombé!) y se propuso a componer una obra basada en el poema la cual quedo originalmente lista en 1937 para orquesta de cámara y llevada a su versión sinfónica definitiva en 1938, destaca por su uso feroz de las percusiones, la disonancia y una intensidad rítmica visceral. Su lenguaje musical es tonal pero en ocasiones disonante, con vitalidad rítmica, y con frecuencia con un sabor distintivamente mexicano.

La obra es notable por su complejidad rítmica y porque incorpora percusiones prehispánicas en la batería orquestal. Las texturas de la obra son ásperas y directas. Todo comienza con un ambiente ondulante, misterioso, como adentrándose al mismo ritual para darle muerte a la serpiente. La tuba se alza vigorosa con la melodía central. Más adelante las trompetas con sordina y algunos alientos de madera retoman el discurso de la tuba y la transportan a diversos rangos de expresión dinámica y rítmica. Desde el principio, las percusiones establecen la pauta rítmica que persistirá prácticamente toda la obra, preparando después de pocos compases, el sonido del fagot, antes de que la tuba introduzca amenazante el primero de los temas principales de la obra, que después será continuado y elaborado por el corno y por otros alientos. Cuando finalmente entra la cuerda, los violines introducen el segundo tema. El camino está trazado para perseguir y matar a la peligrosa culebra Sensemayá.

Una y otra vez se logra una culminación sonora que siempre parece retroceder, unas veces con una sensación de caos, otras de aparente clímax dramático, hasta llegar a una verdadera culminación de desarrollo y con gran fuerza orquestal, se escuchan simultáneamente ambos temas mencionados hasta llegar a una inclemente coda que nos muestra la culebra acorralada y el golpe final que le da muerte. Es el grito de “Sensemayá se murió”.

 

Esta obra se ha grabado varias veces y se interpreta frecuentemente en conciertos de México y del mundo. Se ha dicho que Revueltas concibió la idea basándose en el logro similar de Igor Stravinski en La Consagración de la primavera. Puede ser que haya una importante influencia, pero ambas obras se apartan en su evocación primitiva y en el carácter rítmico, de un arcaico imaginario en Stravinski y de un poderoso contexto afroamericano, con evocaciones de nuestras civilizaciones prehispánicas, en Revueltas, quien además hace gala de su magistral y personal inventiva para la orquestación.

Subtitulada Canto para matar una culebra, Sensemayá nos permite imaginar el sentido descriptivo del poema de Nicolás Guillén, pero, si ya conocida la obra musical “descubriéramos” el poema o, si conociendo el poema llegáramos a la obra musical de Revueltas, nos sorprenderíamos de la impresionante recreación que hace el compositor de la reiterada frase de Guillén en el estribillo principal, con un absoluto contenido de los rituales religiosos de las culturas africanas y la santería cubana, las cuales parecieran haber sido escritas para que Revueltas las transformara en su obsesivo ritmo, su febril atmósfera sonora y su musicalidad disonante.

Por último les dejamos el texto del poema de Nicolás Guillén para que podamos imaginar y sentir el gran impacto que causó en Silvestre Revueltas el escucharlo por primera vez y no olvidemos celebrar a nuestra patria hoy siempre:

Sensemayá

Canto para matar a una culebra.
¡Mayombe-bombe-mayombé!
¡Mayombe-bombe-mayombé!
¡Mayombe-bombe-mayombé!
La culebra tiene los ojos de vidrio;
la culebra viene y se enreda en un palo;
con sus ojos de vidrio, en un palo;
con sus ojos de vidrio.

La culebra camina sin patas;
la culebra se esconde en la yerba;
caminando se esconde en la yerba,
caminando sin patas.

¡Mayombe-bombe-mayombe!
¡Mayombe-bombe-mayombé!
¡Mayombe-bombe-mayombé!
Tú le das con el hacha, y se muere:
¡dale ya!
¡No le des con el pie, que te muerde,
no le des con el pie, que se va!
Sensemayá, la culebra,
sensemayá,
Sensemayá, con sus ojos,
sensemaya.
Sensemayá, con su lengua,
sensemayá.
Sensemayá, con su boca,
sensemayá.

¡La culebra muerta no puede comer;
la culebra muerta no puede silbar;
no puede caminar,
no puede correr!
¡La culebra muerta no puede mirar;
la culebra muerta no puede beber;
no puede respirar,
no puede morder!

¡Mayombe-bombe-mayombé!
Sensemayá, la culebra . . .
¡Mayombe-bombe-mayombé!
Sensemayá, no se mueve . . .
¡Mayombe-bombe-mayombé!
Sensemayá, Za culebra . . .
¡Mayombe-bombe-mayombé!
Sensemayá, se murió!

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