Acuérdate de Acapulco, de aquellas noches, María Bonita, María del alma…” Entre los romances más polémicos que han sucedido en México, sin duda, destaca el del músico Agustín Lara y la actriz María Félix. Se sabe que sostuvieron una tormentosa relación, y pese a que no se tienen actas del matrimonio ni del divorcio, la pareja estuvo casada de 1945 a 1948.

Desde que María Félix era una niña y vivía en Guadalajara, escuchaba el programa radiofónico La Hora Azul en la XEW. Alrededor de la radio se sentaba en familia junto a sus hermanas y algunas amistades. El vate López Méndez, que por aquel entonces era el locutor más popular de la época lo anunciaba, recitaba las propiedades intimas de un “Lipstick” con las siguientes palabras: “Tangee no ha revelado jamás el secreto de un beso”. Inmediatamente después seguían canciones interpretadas al piano y cantadas por Agustín Lara. María Félix niña suspiraba con las letras y el tono romántico de las melodías, también con la inconfundible voz y el estilo del que ella años después llamaría el “músico poeta”, tal y como lo bautizaron los medios de comunicación en la década de los treinta.

María Félix ignoraba el cauce que tomaría el curso de su vida, ni siquiera había pensado en casarse ni tampoco estaba en edad de tener novio, soñaba que el músico poeta le e cantaba al oído sin que hubiera público; era un espectáculo íntegramente dedicado a ella. Una noche, María Félix dijo en voz alta: “con este hombre me voy a casar”, refiriéndose naturalmente a Agustín Lara; su hermano Fernando la escuchó y fue con el chisme con la máxima autoridad de la casa, su padre: el resultado fue una reprimenda consistente en no salir a pasear. A la profética María no le importó porque en casa podía escuchar La hora azul.

Mucho tiempo antes de que María Félix se dedicara al cine, ya vivía en la ciudad de México, se había alejado de su familia geográficamente porque anhelaba una vida independiente y trabajaba como recepcionista de un doctor. La ciudad de México en 1940 no tenía las grandes proporciones que hoy desborda; por supuesto que ya estaban trazados los barrios más importantes y más o menos habitados. La avenida Reforma era un paseo agradable, sobre todo en el tramo comprendido entre el Ángel de la Independencia y la estatua del Caballito que comunicaba la Reforma con Avenida Juárez.

Un día que María Félix caminaba por Reforma entró al Bar California para hacer una llamada telefónica. Un hombre extremadamente delgado ocupaba el teléfono y se tardaba más de lo necesario en su conversación. Impaciente. María golpeo el vidrio de la caseta: el tipo colgó el auricular y salió enojado: al verlo, la Félix se quedó de una pieza: era Agustín Lara.

 

Pasaron los años y cuando María Félix ya era una figura del cine, filmaba una película tras otra, todas vehículos para su estrellato, supo que Tito Novaro, compañero suyo en la Chica poblana, era algo cercano de Agustín Lara, como sabia lo mucho que ella admiraba al músico poeta, la invitó a salir para presentarle al genial compositor. Fue una reunión verdaderamente agradable porque platicaron como si se conocieran de mucho tiempo atrás. María volvió a cenar en su casa unos días después: su intención era que Agustín Lara, ya en la intimidad de su hogar, accediera a cantarle algunas melodías. Esta cita no pudo cumplirse ya que María se le olvidó por completo cuando Fernando fuentes, su director de Doña Bárbara, la llamó para informarle que la película estaba terminada y que tenía que asistir a una exhibición privada. Con la emoción se le olvidó el compromiso anterior. El día que estaba previsto para la reunión. María encontró a Lara y a Novaro en la puerta de su casa y le explicó lo que tenía que hacer, ambos acompañaron a ver la cinta que la dejó grabada en la memoria como la Doña.

A partir de estos encuentros comenzó la famosa relación de María Félix y Agustín Lara. La prensa verdaderamente los acosó hasta lo indecible: ellos inventaron que estaban casados para que ya no los molestaran. Al momento de empezar a vivir juntos la colmó de regalos, entre otros el famoso piano de cola. Ambos sintieron una atracción reciproca y durante uno años se comprendieron perfectamente; Agustín la ayudó a recuperar a su hijo Enrique y lo llevaron a vivir con ellos.

Un aspecto del matrimonio de estas estrellas fue la diferencia de edad entre los dos, sin embargo, Guadalupe Loaeza asegura en su libro biográfico “Músico poeta” que fue la actriz quien se empeño en hacer que la relación prosperara. Como se comentó anteriormente, pese a que se desconoce si el matrimonio entre estas dos personalidades fue verdadero y sobre todo, legal, sí es certero que su luna de miel la celebraron en Acapulco. Se hospedaron en el hotel Caleta, lugar que fue testigo de la creación de una de las baladas románticas más sonadas de nuestro país. Este icónico hotel hoy abandonado y semi ruinas, era en su momento el hotel más lujoso del puerto y con nivel de categoría mundial, incluso en este mismo hotel John F. Keneddy y Jaqueline pasaron también su luna de miel

Regresando a María Bonita, según Carlos Monsiváis, la canción fue escrita por Agustín tras una pelea entre la pareja. A modo de reconciliación, Lara escribió: “La luna, que nos miraba ya hacía un ratito, se hizo un poco desentendida. Y cuando la vi escondida me arrodillé pa’ besarte y así entregarte toda mi vida. Habrás tenido muchos amores, María bonita, María del alma. Pero ninguno tan bueno ni tan honrado como el que hiciste que en mi brotara”.

La romántica canción es un vals en re, que más tarde el músico hizo acompañar de una orquesta. Cabe mencionar, que para 1947, el compositor Chucho Monge, autor de canciones como México Lindo y Querido, demandó a Agustín Lara por un supuesto plagio de su canción El remero para transformarla en María Bonita. Lara le contactó y le dijo: “Chucho, ¿por qué quieres fregarme en una canción que he dedicado a la mujer más bonita de México?

En años recientes, como todas las obras maestras y el genio de quienes las crearon, empezaron a circular leyendas urbanas (por no llamarlos chismes infundados) de que  la canción María Bonita no fue escrita en realidad para María Félix si no que para una tal Estrellita, que se decía era la amante de Lara mucho tiempo antes de que conociera a María Feliz. La tal Estrellita curiosamente  también se llamaba María y dice el rumor que se conocieron en un cabaret  de Acapulco. Por lo que los que han hecho circular esta historia afirman que los dos primeros versos fueron dedicados a  Estrellita. Incluso se afirmaba que había testigos de lo anterior que fueron según los mismos que subieron un piano a la habitación donde estaban Estrellita y Agustín Lara y donde este leyenda afirma que fue en este momento que la canción se escucho por muy poca personas la primera vez.

No se sabrá si lo anterior es verdad, pero la mayoría de los mexicanos prefieren quedarse con la historia de amor oficial entre la Doña y el Flaco de Oro. Los dulces versos y las inconfundibles armonías que constituyen esta canción resuenan hasta el día de hoy en la memoria de aquellos que disfrutan melodías clásicas mexicanas. Cualquier mujer que lleve el nombre de María cae rendida ante la dedicatoria de esta preciosa canción.

Fue una lástima que el matrimonio terminara finalmente por los celos que fueron el factor primordial en la ruptura entre estas dos populares estrellas. El cortejo de Jorge Pasquel a la Doña ocasionó que Agustín Lara hasta quisiera matar a la diva durante el rodaje de Río escondido, le disparó en el baño mientras ella se alistaba para irse a la filmación. De no ser porque instantes antes que él accionara el revólver, ella se agachó a recoger un listón, a lo mejor México no hubiera visto más películas con su máxima estrella fílmica.

 

Cuando María Félix sintió que la relación se iba para abajo, tomó el consejo de su madre y se divorció de Agustín Lara. Tenía que separase con dignidad. Ella le comentó que los productores españoles Cesáreo González y Benito Perojo, asociados con otras compañías europeas, le ofrecían un ventajoso contrato para filmar en España e Italia. Lara no estaba de acuerdo con la separación. La Félix quería probar otros horizontes. María Bonita, composición que le regaló Lara, no logró convencer a la Doña para que no se fuera de México. Ella tenía que aprovechar la oportunidad. Y se fue. La primera noche que asistió a un cabaret en Madrid, la Félix fue con un grupo de amigos. Al entrar al lugar, ella sintió una emoción muy grande al escuchar los acordes de la canción de Lara. Madrid, en la voz de Ana María González que había escrito él para cuando María llegara a la capital española: “ Cuando vayas a Madrid chulona mía, voy hacerte emperatriz de Lavapies…” y fue verdad, porque la señora se convirtió en una figura de enorme arrastre popular en la llamada península ibérica.

Y es que María Félix quería ser inmortal y por eso escogió partir al viejo continente. Tal vez no se dio cuenta que Lara ya la había convertido en inmortal. María Félix tuvo que pagar, claro está, un alto precio: dejar de ser María Félix para convertirse, y para siempre, en María Bonita. Esa canción que le hizo Lara con tanto amor llegó con el tiempo a ser su maldición. Cuentan que en la misma noche de bodas con Jorge Negrete, los músicos no tuvieron mejor idea que cantarle como serenata, María Bonita. María y Jorge sonreían, pero con una sonrisa que más bien parecía una mueca de odio. Cuando María iba a un restaurante, se acercaban los charros y no importándoles con quien ella estaba, le cantaban María Bonita. Si viajaba a cualquier país, al bajar del avión, una orquesta entonaba la melodía de María Bonita. Dicen que una vez María Félix gritó: “¡prefiero morir a seguir escuchando esa canción!” Ni eso la salvó. El día de su muerte, en todas las radios sólo se escuchaba María Bonita. Y mientras su ataúd desfilaba por las calles de México, la gente llorando le cantaba: María Bonita.

Y no es presunción pensar que si María Félix llegó al cielo, allí la debió esperar un coro de ángeles para cantarle María Bonita. Y si fue al infierno, los diablos también le cantaron María Bonita. Como en las tragedias griegas, ella nunca pudo escapar a su destino. Los dioses jamás la perdonaron. Y como todos los dioses, arrastró ella consigo el peso de su inmortalidad que el gran Agustín Lara le regaló.

 

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