¿Qué es lo que convierte a un artista popular en leyenda? ¿Qué es lo que lo eleva a la categoría de mito? La muerte, la desaparición física parece ser un requisito ineludible. La ausencia física construye una presencia simbólica, casi omnipresente. Podría establecerse una lista de artistas locales e internacionales que cumplen con ese requisito: desde Gardel hasta Lennon. La raigambre con lo popular parece ser también otra condición que amplía el conjunto más allá de los artistas. Es el caso de Lady D, por ejemplo. También sería necesario incluir aquí los efectos de los medios de comunicación que ocupan un lugar preponderante en la construcción de la trama de la discursividad social. En la historia del “indio” Carlos Alberto Solari (Entre Ríos, 1949-Buenos Aires, 2026) el trazo del camino elegido toma, además de los mencionados, algunos rasgos que permiten diferenciarlo.
Promediando la década del setenta formó Patricio Rey y sus redonditos de ricota junto a Bellinson, además de poetas, monologuistas, payasos, bailarinas y otros artistas. La banda comenzó a girar por los escenarios del circuito underground, en pequeños teatros y lugares. El concepto de espectáculo incluía la experimentación, la performance, proyección de cortometrajes, lectura de poesías y la entrega de buñuelos de ricota. Edgardo Gaudini tomó la receta de un libro de la ecónoma Patricia Rey. Y allí comenzó parte de la historia. A modo de un Sargento Pepper criollo, Solari y Bellinson construyeron un personaje, un eje narrativo centro de ese imaginario: Patricio Rey. Si bien al principio se trató de una elaboración críptica, luego, el mismo Solari se encargó de aclarar las cosas: “Patricio Rey no existe. Patricio Rey son todos”. Y de este modo indicó un rumbo, una dirección: se trata de una construcción colectiva. En este sentido, la elección llevó a la banda a alejarse de las propuestas de pertenecer a alguna discográfica importante y a crear un circuito independiente para la grabación y distribución de sus obras: redes informales, el boca a boca. Grabaciones caseras. De ese modo, todo era más lento y en una escala, en principio, pequeña. Sin embargo, la energía que se desataba en cada encuentro, los recitales, indicaba una corriente en dirección opuesta. Allí la música y la poesía congregaban cada vez a más personas que se identificaban con el mensaje. Y entonces los espacios comenzaron a achicarse -o los Redondos a agrandarse-. Se necesitaron de estadios: Obras Sanitarias, Huracán, Racing, Córdoba, Centenario (Uruguay). Y cuando quedaron chicos porque la gente peregrinaba desde distintos lugares del país para asistir a la celebración (“la misa ricotera” como se la conoció), llegaron los espacios abiertos: un Woodsock del nuevo milenio. La masividad trajo también los incidentes. En noviembre de 2001 se oficializó la disolución de la banda. Quedó una discografía profusa, interesante y original que no deja de sonar en radios, eventos, fiestas. Incursionaron por géneros variados como el rock and roll, reggae, post punk, baladas cercanas al pop, ska, rock, pero aún en la variedad no se pierde el sonido “redondo” que permite identificarlos.
Luego de la separación Solari, de por si reacio a las apariciones públicas, se recluyó para volver tres años después a los escenarios con su nueva banda: Los fundamentalistas del aire acondicionado. Con ellos publicó seis álbumes de estudio.
En marzo de 2016 y en medio de un concierto en la localidad de Tandil frente a doscientas mil personas, anunció que padecía Parkinson. En una entrevista ofrecida ese mismo año para la revista Rolling Stone, el músico afirmó que: “Cuando tenés una enfermedad así, el reloj empieza a funcionar”. En esa oportunidad elogió también el último trabajo de David Bowie, Blackstar publicado ese año un par de días antes de la muerte del músico británico. “La última obra debe ser impresionante- dijo-. Y eso es lo que hizo Bowie, una obra maestra” (n.225. 2016).
“Encuentro con un ángel amateur”, un tema presentado en 2017 durante un recital de Los Fundamentalistas del aire acondicionado y en el que Solari apareció en las pantallas gigantes desde donde cantó -su enfermedad ya no le permitía subir a los escenarios- da cuenta en su letra de la forma en que esperaba a la muerte: “Yo ya no puedo cumplir /hazañas que prometí. Solo esperar cantando (…) Solo me falta saber, la hora y el lugar. Y allí iré cantando.


La hora y el lugar fue en su casa de Parque Leloir el viernes 5 de junio de 2026. Poco importó que el gobierno nacional -distanciado en cuestiones ideológicas- no decretara duelo ni ofreciera el Congreso Nacional para velarlo. Tal vez, el “indio” no se hubiera sentido cómodo en ese lugar (“Ensayo general para la farsa actual Teatro antidisturbios”, Vencedores vencidos). La gente se autoconvocó primero en la Plaza de Mayo de la Ciudad de Buenos Aires, frente a la Casa de gobierno -quinientas mil personas-. Finalmente se destinó como lugar para la “misa ricotera”, el Polideportivo José María Gatica -otro ídolo popular-, en la ciudad de Avellaneda, Provincia de Buenos Aires. Seis kilómetros de una interminable fila de personas que se mecían entre el dolor y el agradecimiento (“Donde hay dolor, habrá canciones”. Bebamos de las copas lindas) contradecían eso de que no podía cumplir las hazañas prometidas. Bajo una llovizna persistente y amuchados para guarescerse del frío, casi un millón de personas, sólo van cantando hasta darle el último adiós.
Parece entonces que es la gente la que termina por ubicar al artista popular en el lugar de mito. No hay decretos ni ordenanzas. No hay recomendaciones ni amenazas. Hay agradecimiento, empatía, reconocimiento, admiración por el arte y el artista que acompañan a lo largo de la vida.
Encuentro con un ángel amateur:
Buenos Aires, 8 de junio de 2026.












TU VOZ