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Fue en 2009 cuando los hermanos Noel y Liam Gallagher decidieron poner fin a Oasis, justo antes de su actuación en el Festival Rock en Seine, en París. Según lo que se contó en aquel momento, los hermanos tuvieron una fuerte discusión que, al parecer, llegó a los golpes, y Noel anunció poco después su salida oficial de la banda. Así terminaba una trayectoria exitosa que había arrancado en los noventa. Quedaban atrás discos como Definitely Maybe (1994), (What’s the Story) Morning Glory? (1995) y Don’t Believe the Truth (2005), entre otros. Cada uno de los Gallagher emprendió entonces su carrera en solitario, con resultados que gustaron a buena parte de los fans, aunque muchos seguían esperando una reconciliación que tardaría años en llegar.

Tuvieron que pasar alrededor de quince años para que limaran asperezas. En agosto de 2024 anunciaron el regreso de Oasis con una gira mundial para 2025: Oasis Live ’25. El tour los llevó a Argentina, Brasil, Japón, Irlanda, Australia, Corea del Sur, Estados Unidos, México y, por supuesto, el Reino Unido. Cada concierto se convirtió en un acontecimiento. Liam y Noel se entregaron por completo y demostraron que siguen siendo una de las bandas fundamentales del rock, capaces de generar una comunión real con el público. Muchos de quienes asistieron se emocionaron hasta las lágrimas.

El documental Don’t Look Back in Anger (2026), dirigido por Will Lovelace y Dylan Southern —la misma dupla detrás de Meet Me in the Bathroom (2022) y Do Not Disturb (2025)—, recoge parte de ese viaje. Más allá de contar la ruptura y el reencuentro quince años después, los realizadores se centran en el sentir personal de cada hermano, en cómo tuvieron que superar egos y heridas antiguas.

Apoyados en el guion de Steven Knight, Southern y Lovelace renuncian en varios momentos a una estructura estrictamente cronológica, a diferencia de trabajos anteriores como Supersonic (Mat Whitecross, 2016), que narraba el ascenso meteórico de la banda en los noventa. Aquí la cámara sigue a los músicos tanto sobre el escenario como fuera de él, y muestra la madurez, el rencor que se va diluyendo y el inevitable paso del tiempo de un grupo que tiene más de 30 años de fundado.

El montaje, a cargo de Martina Zamolo y George Cragg, alterna imágenes nítidas del presente con material de archivo —gran parte en videotape— que recuerda ese pasado glorioso que se fue desgastando y que ahora parece estar en proceso de sanación. La película abre con una secuencia que resume la fama y la caída de Oasis, de ahí pasa a los ensayos de la gira. Nadie está seguro de si Liam llegará. Cuando finalmente aparece, lo hace de forma profesional, conversa con el resto del grupo y se va sin despedirse. Esa tensión se repite en el primer concierto, en Cardiff, donde llega sólo minutos antes de salir al escenario. No hay una catarsis de perdón instantáneo, solamente observamos la fricción incómoda de dos hombres de más de cincuenta años que vuelven a compartir un espacio sin insultos ni demandas de por medio.

Lovelace y Southern filman con gran pulso las actuaciones en vivo en estadios de Cardiff, Londres, Dublín, Los Ángeles, Seúl, São Paulo y Buenos Aires. También colocan la cámara en las calles aledañas, en la pista y en las gradas para capturar el sentimiento de los fans en donde gente salta, grita y llora a lo largo de cada show. Esa energía transforma canciones como Don’t Look Back in Anger, Live Forever o Wonderwall en auténticos himnos colectivos. Al mismo tiempo se ve cómo los hermanos se van acercando poco a poco; de la tensión inicial de los ensayos a gestos cada vez más cercanos, e incluso cariñosos, a medida que avanza el tour.

 

Uno de los momentos más recordados ocurre al arranque de la gira. Al salir al escenario del Principality Stadium, en Gales, Liam toma la mano de Noel y se la levanta en un gesto inesperado. Noel lo cuenta así: «(Liam) se salta el ensayo general, llega sin más, me agarra de la mano y yo me quedo en plan: ¿pero qué coño…? Y ahí se pone a cantar, sonando como si tuviera treinta años menos. Y yo pienso: ¡menudo puto loco estás hecho!». También admite lo nervioso que estuvo en buena parte de ese primer show: «Durante los primeros cuarenta minutos no sabía ni dónde estaba».

En otro momento, los Gallagher reconocen el trabajo de los músicos que los acompañan: Paul “Bonehead” Arthurs, de quien dicen que le dio fuerza y sello a la música con su guitarra; Gem Archer a la guitarra; Andy Bell al bajo; Christian Madden en los teclados y Joey Waronker a la batería.

El documental termina siendo la odisea de dos hermanos que estuvieron peleados durante años y que, por determinadas circunstancias, volvieron a encontrarse. Buscan un perdón mutuo que, como dice Noel, llegó sin necesidad de grandes palabras: «Todo estuvo perdonado sin decir ninguna palabra». Él mismo reconoce que, como seres humanos, podemos cometer errores «porque no somos robots» y que hay que vivir cada día con pasión. Así como lo canta Fito Páez: «No olvides que el perdón es lo divino y errar a veces suele ser humano».

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